«Eran fuerzas oscuras»: El aterrador relato del pastor que abusó de su hijastra

El sistema judicial colombiano ha dictado una sentencia que marca un precedente en 2025. José Erley Ramírez Garcés, un reconocido líder religioso, ha sido condenado a 43 años y 6 meses de prisión por los delitos de secuestro agravado y acceso carnal violento contra su hijastra de apenas 13 años. El fallo del Juzgado Segundo Penal del Circuito de Chinchiná es contundente: no tendrá beneficios carcelarios y deberá pagar cada día de su pena en el centro de máxima seguridad de Tramacúa.

(Crédito: Captura / Conducta Delictiva)

Lo que comenzó como una captura en la vereda San Andrés —zona limítrofe entre Santa Rosa de Cabal y Chinchiná— terminó destapando una trama de terror que el mismo agresor ha intentado justificar bajo una narrativa de «fuerzas oscuras».

Un plan macabro: El escape que salvó dos vidas

Los eventos del 29 de abril de 2025 parecen sacados de una pesadilla. Ramírez Garcés trasladó a la menor a una finca rural donde la amarró y abusó sexualmente de ella. La investigación sacó a la luz detalles perturbadores que sugieren que el «pastor» tenía la intención de asesinar y enterrar a la niña en el lugar.

A pesar de que el agresor se jacta de ser un «experto en cuerdas», la menor logró una hazaña heroica al desatarse y escapar por una ventana. «Yo soy un hombre experto en cuerdas. Yo no me explico cómo, yo la tenía amarrada de pies y manos. Le había puesto una en el cuello porque era la manera más fácil de intimidar», confesó Ramírez más tarde, sin mostrar un gramo de empatía.

La niña logró soltarse y escapar para pedir ayuda a los habitantes de la zona, quienes alertaron a las autoridades. Tras un operativo, la policía encontró al agresor escondido en otra finca cercana.

«Voces internas» y una supuesta guerra espiritual

Recientemente, en el pódcast Conducta Delictiva, el condenado decidió romper el silencio con una versión que ha generado una ola de indignación nacional. En lugar de asumir su responsabilidad como un acto consciente, el ex-pastor calificó sus delitos como un «error» derivado de una supuesta guerra espiritual.

Durante la entrevista, Ramírez Garcés hizo hincapié en que sentía una presión insoportable:

“Esa presión no menguó, antes, por el contrario, aumentaba a un ritmo. Había cosas que yo pedía o traté de que me ayudaran internamente para yo solventar o alivianar un poco eso… La única defensa que yo tenía era la oración”, indicó Ramírez.

Incluso llegó a señalar que su pareja estaba al tanto de sus impulsos oscuros antes de la tragedia. “Esa atracción, esa ansiedad, no era normal. Mi esposa lo sabía; siento que lo sucedido el 29 de abril no fue exactamente una decisión mía… fue un ataque indiscriminado de fuerzas”, declaró el hoy prisionero, intentando victimizarse frente a la audiencia.

El odio como motor y el plan de un doble crimen

Uno de los puntos más críticos de su testimonio fue la confesión de que el ataque no fue un impulso del momento, sino algo fríamente calculado. El pastor reveló que la decisión de abusar y asesinar a su hijastra se tomó el lunes 28 de abril, un día antes del ataque. Pero su plan iba más allá: quería matar a su esposa después de enterrar a la niña.

Ramírez admitió que durante meses batalló con la idea de acabar con ambas:

“Con la niña tenía una fricción y una de las armas fue el odio, porque la niña creó un odio hacia mí, y se creó un odio de mí hacia la niña también… No tenía la capacidad de dominar lo que hacía, no tenía la capacidad de determinar si era bueno o malo. O sea, no estaba esa conciencia”, recalcó el condenado.

(Crédito: imagen con fines ilustrativos / archivo)

A pesar de sus intentos por eludir la realidad culpando a «voces en su cabeza», la justicia colombiana y la Fiscalía fueron firmes al negar cualquier preacuerdo. El caso cierra con un hombre tras las rejas que, hasta el último momento, se negó a llamar «delito» a lo que la ley y la sociedad han catalogado como una de las mayores atrocidades vividas en la región. La valentía de una niña de 13 años no solo le salvó la vida a ella, sino que evitó una tragedia familiar aún mayor.

En El País de los Jóvenes rechazamos estos actos de violencia que traicionan la confianza y la fe, y alzamos la voz en solidaridad con las víctimas que, como esta valiente niña de 13 años, logran romper el silencio.

Es sumamente importante proteger nuestros entornos familiares y no normalizar conductas abusivas bajo ninguna «explicación» espiritual o de fuerza externa, recordándonos que ninguna excusa está por encima de la integridad de nuestros niños y jóvenes.

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