Durante años, la cúrcuma y el jengibre han sido presentados como auténticos “superalimentos”. Se les atribuyen propiedades casi milagrosas: desinflaman, refuerzan el sistema inmunológico, alivian dolores, mejoran la digestión e incluso previenen enfermedades graves. Pero, ¿qué dice realmente la ciencia?
Una revisión crítica publicada por National Geographic pone bajo la lupa la popularidad de estas dos especias y cuestiona hasta qué punto sus beneficios están respaldados por evidencia sólida.

Lo que sí respalda la ciencia
Tanto el jengibre como la cúrcuma contienen compuestos bioactivos con potencial antiinflamatorio y antioxidante. En el caso de la cúrcuma, su principal componente es la curcumina; en el jengibre, los gingeroles. Diversos estudios han observado efectos positivos en laboratorio y en algunos ensayos clínicos pequeños.
El jengibre, por ejemplo, ha mostrado eficacia moderada para aliviar náuseas leves, como las asociadas al embarazo o al mareo por movimiento. También puede ayudar en ciertos trastornos digestivos. La cúrcuma, por su parte, ha sido estudiada por su posible papel en la reducción de inflamación y dolor en casos como la osteoartritis.
Sin embargo, los resultados suelen ser modestos y dependen de dosis específicas, muchas veces superiores a las que se consumen en la cocina cotidiana.
El problema del “todo lo cura”
Gran parte de la fama de estas especias proviene de estudios preliminares o realizados en condiciones de laboratorio. Eso no equivale a afirmar que puedan prevenir o curar enfermedades graves en personas.
Además, la curcumina tiene un desafío importante: su baja absorción en el organismo. Aunque combinarla con pimienta negra puede mejorar este aspecto, no convierte automáticamente a la cúrcuma en un tratamiento médico.
Los expertos coinciden en que ni la cúrcuma ni el jengibre deben sustituir tratamientos recetados. Tampoco existen pruebas contundentes de que sean soluciones milagrosas contra enfermedades complejas.

Entonces, ¿valen la pena?
Sí, pero con expectativas realistas. Incorporarlas en la dieta puede aportar sabor, compuestos antioxidantes y algunos beneficios leves para la salud. Forman parte de tradiciones culinarias y medicinales con siglos de historia, y en el contexto de una alimentación equilibrada pueden sumar.
La clave está en entender la diferencia entre evidencia científica sólida y entusiasmo viral. No son un engaño, pero tampoco una cura universal.
Entre la tradición ancestral y la investigación moderna, la cúrcuma y el jengibre ocupan un punto intermedio: prometedores, interesantes y útiles en ciertos casos, aunque lejos del estatus milagroso que muchas veces se les atribuye.
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